Tras escuchar las respuestas de Benedicto XVI a las siete preguntas que le han realizado creyentes católicos en un programa de la RAI, lo primero que me viene a la cabeza, es la distancia insalvable que existe entre el actual Papa y los miembros base de la iglesia.

El actual Papa responde a sus fieles desde la teología y la fe para hacer frente al dolor y la desesperación.
La primera pregunta viene de una niña japonesa de siete años  que no llega a comprender porque han muerto sus amigos, familiares y que está  embargada  por el dolor y el miedo. Sólo obtiene una respuesta del Papa basada en la resignación como único consuelo.



 Pero ¿para qué le sirve a una niña de siete años la resignación? Creo que para nada. Tampoco parece excesivamente consolador el saber que Cristo sufrió igual que ella. La respuesta fue distante y no transmitió el calor ni la empatía que podría servir como consuelo a una niña tan pequeña.

El Papa respondió una tras otra a las diferentes preguntas desde la distancia y el desconocimiento de las respuestas a nivel humano. Tan sólo se siente cómodo en las preguntas sobre la humanidad de Cristo, o sobre el papel de la Virgen María.


Al escuchar la explicación sobre la humanidad de Cristo que muere en la cruz, pero posteriormente recupera el cuerpo humano en el que residió el Dios hijo, me viene a la mente la vieja polémica adopcionista, en la que me mantenía que el cuerpo de Cristo fue adoptado por Dios, pues en un principio fue sólo un sr humano hasta esta adopción.



Independientemente de estas antiguas polémicas, creo que el intento del Papa por acercarse al mundo y a sus fieles ha sido un fracaso y ha dejado en evidencia muchas de las carencias de este papado, que no es capaz de salir de las puertas de Roma sino que se mantiene fuera del mundo real y actual.

 
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